También el judío se sonrió al verla. Pero notando la mortal palidez de la joven y su sarcástica sonrisa, le dijo con cariño paternal:

—¿Qué tienes, hija mía?

—Nada, nada, Aben-Ahlamar —contestó la bella inclinando la cabeza sobre su turgente pecho.

—Y dime, ¿te has desengañado ya? —dijo con alegría Juffep.

—¡Oh, sí, sí; pero me vengaré! —exclamó apretando sus preciosos dientes hasta hacerlos crujir de una manera espantosa.

—Tenéis razón.

—¡Venganza! —repitió retorciendo las manos con loco frenesí.

—¿Te sirvo para algo, hermosa hija del Guadalquivir?

—¡Venganza, Aben-Ahlamar! —volvió a decir cayendo al mismo tiempo medio desfallecida en el colosal sillón de alquimista.

—Nada más justo, hermosa mía; pero escúchame.