La joven levantó sus ojos hasta fijarlos de una manera imperiosa en el rostro del judío. Este repuso, anonadado con aquella mirada:
—Mi objeto era...
—Habla.
—Oh, oh, ¿te enfadarás?
—Habla —repitió la joven con aire de reina.
—Pues bien: acabo de descubrir un agua, cuyo olor solamente...
—¡Detente, hombre execrable, detente!
—La víbora picada se venga de su opresor clavándole si puede el aguijón —repuso el judío con intención.
—Tienes razón, viejo maldito; pero también el perro lame con cariño la mano que le da golpes.
Razón tenía Aben-Ahlamar para no atreverse a mirar a la joven, que no era otra que la hechicera Piedad, de hito en hito, y para temer su mirada llena a veces de veneno, a veces de amor o de humildad, pero siempre imperiosa, siempre magnética e irresistible.