—¡Hacedlo, por Dios, Aben-Ahlamar!

—No lo dudes, señor.

—Exigid de mí cuanto queráis.

—Nada quiero.

—¡Siempre desinteresado, siempre!

—Relévame de esos elogios, gran señor. Mañana, según tengo entendido, una persona que se interesa por vuestra amante dará cuenta al rey de ese suceso, para vos tan funesto.

—¡Lo sabe ya su alteza, Juffep! —exclamó el amante de doña Beatriz con profunda tristeza.

—Sin embargo, no faltéis, que tal vez diga esa persona el nombre del raptor de vuestra prometida —replicó el médico lanzando una mirada furtiva hacia el punto donde estaba la gitana.

No se sorprendió esta poco de que el nigromántico hubiera adivinado el proyecto que meditaba.

—¡Cielos! —exclamó fuera de sí el caballero.