—No faltéis, no faltéis, don Juan.

—¡Ah, no, no, buen Aben-Ahlamar! —repuso el joven besando con entusiasmo la descarnada mano del físico del rey.

—¡Tanto honor! —se apresuró este a decir, aparentando sorpresa.

—¿Y al fin le veré?

—Queréis saber más de lo que yo puedo deciros.

—¡Ah, contestadme que sí!

—Caballero, no tengo la dicha de hacer milagros —dijo el judío deseando poner término a tan enojoso diálogo.

En esto, una sombra de mujer atravesó ligera la galería a que daba salida la habitación del judío. Don Juan exclamó al verla:

—¡Oh, será Beatriz!

Y quiso lanzarse en pos de la encubierta. Pero esta, que era la gitana, desapareció como por encanto de la vista del desconsolado caballero.