CAPÍTULO V.

De cómo el conde de Haro fue por lana y salió trasquilado.

En una lóbrega y triste habitación ricamente amueblada, y cuyo abovedado techo estaba sostenido por magníficas columnas de mármol jaspeado, veíase a dos personas, la una desencajada y cadavérica, pero hermosa a pesar de eso, asida fuertemente a una de las columnas, y la otra furiosa, apoyada en el respaldo de una poltrona que había frente al ser cuya vida, según lo indicaba su rostro, se iba acabando por momentos. Estas dos personas no eran otras que el conde de Haro y su infeliz víctima, doña Beatriz de Robledo. El primero decía, cogiendo con rabia su birrete de terciopelo recamado de plata y oro:

—Basta ya, señora: si os negáis a aceptar mi mano, digna de una reina, seréis mía por fuerza.

—¡Oh, nunca, nunca!

—¿Conque me desprecias, según eso?

—Sí, porque os aborrezco, os odio, como se puede aborrecer y odiar al mismo demonio.