—¡Desgraciada!
—¡Huid de mi vista, don Lope, que me causáis un horror indecible! ¡Marchaos, marchaos si no queréis verme morir!
—¡Horror os causo —repuso el conde fuera de sí—, cuando tanto es mi respeto por vos! ¡Horror, cuando no me atrevo a acercarme a vos por temor de ofenderos!
—Dejadme, conde de Haro, dejadme y os perdono —dijo Beatriz dejando el tono acre con que hasta entonces había tratado a don Lope.
—¡Perdonadme! —exclamó el conde furioso—. ¿Y a ti se te figura, desgraciada, que quedo yo satisfecho con tu perdón? Oh, no lo creas, no. Yo necesito tu amor, necesito...
—¡Deteneos, que hay un hombre en la tierra con más derechos que vos a esos favores! Un hombre tanto o más noble que vos; un hombre a quien mi corazón idolatra; un hombre, por último, que con el valor de su brazo conseguirá arrancarme de vuestro poder.
—¡Necia! ¿No ves que estás en un paraje donde tus gritos se estrellarán en la piedra de sus paredes? ¿No ves, desgraciada, que serás mía el día que yo quiera? Pues entonces, ¿a qué me insultas?, ¿a qué esa temeridad en negarme tu mano?
—Escuchadme, don Lope: conozco, por mi desgracia, que es verdad cuanto habéis dicho; pero al mismo tiempo tengo esperanza en un Dios justo y vengador que con su justicia divina existe para consuelo del que padece. Mis gritos, es verdad, no serán oídos por los hombres, pero sí por Él. Yo sucumbiré víctima de vuestros bárbaros deseos, pero Él se encargará de abrumar vuestra conciencia con el enorme peso de los remordimientos. Y, de todos modos, yo gano, porque he sido mártir y sacrificada, y vos viviréis con la intranquilidad del malvado y tendréis el fin del criminal.
—¡Infeliz! —exclamó el conde con sarcástica sonrisa.
—¿Infeliz, decís? ¿Me creéis ya en vuestro poder? ¡Oh, cuánto os engañáis!