—Tened la lengua, señora —repuso el conde disimulando mal su rabia—, mirad que va a alcanzar mi venganza a otra persona que tanto como vos la amáis, tanto la aborrezco yo.
—¡Hasta él! ¡Cuán engañado vivís, don Lope! Pues qué, ¿no maneja mi amante una espada tanto o mejor que vos?
—¿Y no sabéis, señora, que el conde de Haro se sabe vengar de aquellos que no son dignos de cruzar su acero con el suyo, sin ser visto ni sentido?
—¡Seríais tan villano!...
—Sí —contestó el conde con la mayor tranquilidad.
—¡Ah, callad, don Lope, callad, por Dios! —exclamó Beatriz horrorizada.
—Si me das tu mano, le perdono.
—¡Oh, perdón, perdón para él, noble don Lope!
—Sé mi esposa.
—¡Jamás!