—¡Hablad!
—Oh, nunca, nunca...
—¡Hablad, hablad pronto!
—Bien está..., y... ¡seré vuestra! ¿Le perdonaréis ahora?
—Sí, ídolo mío, le perdono en cambio de tu amor: ¿no es cierto?
—¡Ah!
—Ámame, celestial criatura, ámame y verás cuán feliz eres; ámame, y verás siempre en torno tuyo...
—¿A don Juan?
—¡Oh, maldición sobre él y sobre ti!
—¿Cómo, don Lope, maldices a la que dentro de pocos días ha de llevar tu ilustre nombre?