—¡Ah, perdóname, perdóname! Pero ¿es cierto que serás mía?, ¿es cierto?...
—¿Dudas, señor? —dijo Beatriz al conde.
—Oh, no, ya no dudo, esposa mía; y en prueba de ello, voy a hacerte una confianza que solo a una madre o a la persona que se ama, debe de hacerse. Hace ya algún tiempo, querida mía, que abrigo la esperanza de ceñir a mis sienes la corona de Castilla, corona que tú me ayudarás a llevar.
—¿Y el rey? —dijo doña Beatriz casi maquinalmente.
—Oh, el rey morirá antes de dos años.
—¡Jesús mil veces! —exclamó la amante de Carvajal aparentando sorpresa—. ¿Yo reina de Castilla? ¿Yo esposa de tan noble y cumplido caballero como el conde de Haro? ¿Qué he hecho, señor, para que de tal manera me colméis de tantos beneficios?
Y la infeliz doña Beatriz con los ojos desencajados por la demencia, se separó de la columna donde tan fuertemente estaba asida y, precipitándose convulsa sobre el conde de Haro, le quitó una daga que este llevaba en el cinto.
—¡Venganza, infame conde de Haro, venganza por mí y por el rey de Castilla! —exclamó la joven sepultando al mismo tiempo la daga en el pecho de don Lope.
Pero una finísima cota de malla, que el traje del conde ocultaba completamente, se negó a dar paso al flexible acero damasquino.
Un rayo que hubiera caído entre los dos no los hubiera sorprendido tanto. A doña Beatriz, porque se veía otra vez en poder del conde; a este, porque se vio engañado de tal manera. Sin embargo, ni una palabra de queja o de venganza profirió. Subió la escalera que conducía al cuarto del judío dejando sumergida a doña Beatriz en profundo dolor y amargo llanto.