Así que se hubo marchado el conde, la desgraciada amante de don Juan enjugó las lágrimas que inundaban su rostro, y paseó triste y abatida por la estancia que la servía de cárcel, diciendo al mismo tiempo que acariciaba la daga que quitó a Don Lope:

—Mi determinación está ya tomada: el conde se ha marchado sin vengarse; pero volverá a satisfacer sus deseos, o tal vez a darme muerte. No hay duda en esto, Dios mío; antes me respetaba porque le ablandaban mis súplicas y lágrimas; pero ahora que ha comprendido toda la energía de mi carácter, toda la constancia de mi amor, ahora que se ve engañado, de seguro, ¡me horrorizo en pensarlo!, de seguro se vengará de mí terriblemente. ¿Y lo habéis de consentir, Dios justo y piadoso? —decía arrodillándose con religioso fervor—. ¿Habéis de consentir que ese malvado se goce en hacerme víctima de su venganza? Vuelva o no —repuso con firmeza—, debo yo de poner término a mis muchos e insoportables males con este arma que el cielo sin duda me ha deparado. Perdonadme, señor, y dadme valor para clavarme este acero que pondrá fin a mis días, tal vez dentro de un momento. Pero no, es imposible que yo muera tan pronto cuando vive en mi corazón la esperanza de un puro y tierno amor; al fin él vendrá a sacarme de esta prisión lúgubre y estrecha, castigará a mi cruel opresor y viviremos felices; sí, porque hemos nacido el uno para el otro, ¿no es verdad, don Juan? ¿Cuándo vendréis? Mirad que si tardáis un poco más, solo hallaréis mi cadáver en este calabozo, que en vano han querido adornar para ocultar su lobreguez y lo negro de sus paredes. Oh, venid, venid pronto; mirad que siento una cosa, un peso en el pecho que me ahoga; abrid esa puerta de hierro que da paso, que sé yo, tal vez al infierno; rompedla si no podéis entrar y sacar a vuestra amante de aquí; libradla de la muerte. No tardéis, que ya me quedan pocos momentos de vida.

Y la infortunada amante de Carvajal cayó exánime sobre la mullida alfombra que cubría el frío pavimento de su prisión.

Pero fuerza es, si hemos de seguir el orden que nos hemos propuesto, apartarnos de este lugar y trasladarnos a la parte del alcázar que habitaba el rey para presenciar la escena mas inesperada y notable de cuantas contiene esta peregrina historia.

CAPÍTULO VI.

De cómo el conde Haro se empeñó en no conocer a uno que llevaba el rostro cubierto.

El salón donde celebraba corte su alteza hallábase, una mañana del mes de septiembre de 1310, ocupado por multitud de caballeros, donceles, pajes de lanza y estribo, y escuderos.