Los caballeros que más habían madrugado discurrían en corros o pequeñas reuniones sobre las noticias del día. Acerquémonos, si le place al lector, a uno donde se hallaba el poderoso conde de Haro.
—Conque va a ser destituido de sus honores y consideraciones como príncipe y caballero el infante don Juan —preguntó a don Lope un joven de gallarda presencia, llamado don Diego de Fajardo.
—Con efecto, repuso el conde; y aquí para nosotros fue acción fea y desleal la que cometió el infante en el sitio de Algeciras.
—Cierto, señor conde; pero observad que el rey obra muy de ligero, y que no es ese suficiente motivo...
—¡Cómo! ¿Así pensáis? —replicó el conde con calor—. Pues si no hubiese sido porque el cielo favorecía nuestra causa, con tan poca gente y tan débil como quedó el ejército real, ¿cómo era posible que hubiésemos conquistado los pueblos que hoy nos pertenecen?
—Tenéis razón, don Lope. Mi objeto tendía a probar que otros delitos de más gravedad ha cometido don Juan y han quedado sin castigo.
—¿Qué queréis...? Y bien puede el infante dar gracias a Dios de que se ha librado de la pena capital.
—¡Cáspita!
—Lo que oís, amigo mío.
—El objeto de nuestra reunión ya lo sé; pero ¿sabéis si se ha procedido contra la memoria del papa Bonifacio en la corte pontificia? —dijo un tercer caballero que, según su traje, indicaba pertenecer a la orden de Santiago.