—Creo que no, don Álvar Núñez —contestó el de Haro, haciendo lado al santiaguista—. A Clemente V le ha podido mucho el mensaje enviado por su alteza el rey de Castilla advirtiéndole de que no tiene facultades para hacer una cosa semejante; y a más de esto, que resultarían graves daños a toda la cristiandad.
—¡Oh, bien hecho! —dijo don Álvar con alegría—, porque si no ese pontífice, hechura del rey de Francia, nos iba a venir todos los días con exigencias tan nuevas como raras. Vean ustedes, haber extinguido ahora la orden del Temple, tan necesaria como era, y mucho más en estos reinos, para la completa destrucción de los moros.
—Tenéis razón, don Álvar —repuso el joven Fajardo—. Yo no puedo creer de ninguna manera que sean ciertos los delitos que imputan a tan nobles y cumplidos caballeros; además que el Papa, que se sujeta por reinar a las condiciones más onerosas, no puede hacer cosa buena.
—¡Bien dicho, valiente joven, bien dicho! —exclamó el santiaguista con entusiasmo.
—Moderaos, don Diego, y no habléis de esa manera del jefe supremo de la Iglesia —dijo el anciano arzobispo de Galicia, acercándose al círculo que habían formado nuestros interlocutores.
—Bien venido, padre mío —dijeron todos los caballeros besando uno por uno con respeto el anillo del prelado.
—Conque hoy, señores, hemos sido convocados para oír de boca del mismo rey grandes novedades, según dicen.
—Así parece, señor —contestaren todos a la vez.
—Pues yo, si he de dar mi opinión tal como la siento —dijo el de Núñez—, no creo que esa medida que ha tomado su alteza sea ni oportuna ni prudente.
—Silencio —repuso Haro—, que ya sabéis que en palacio se debe callar, maguer se le seque a uno la lengua en el paladar.