—Sí, ya sé —contestó don Álvar con malicia— que es un crimen decir la verdad a...

—¡El rey!... —dijeron las voces de los farautes y guardias.

—¡El rey! —repitieron todos haciendo paso al monarca y a sus magnates.

Presentose efectivamente el joven don Fernando, seguido de los caballeros, donceles, escuderos, pajes y empleados de su casa. Subió con paso firme las gradas del trono y saludó, al mismo tiempo de tomar asiento, a todas las personas que se hallaban presentes, con la más amable sonrisa.

Las que acompañaban al rey y las que en el salón había, se fueron colocando en sus sitios respectivos: detrás del sillón que ocupaba don Fernando, sus donceles, escuderos y pajes, y los físicos Aben-Ahlamar y mosén Diego de Valera; cerca del trono, sus hermanos don Pedro y don Felipe, nombrado el primero general de la frontera, y el duque de Bretaña; a más de estos el justicia mayor, el maestre de Castilla y el canciller; ocupaban las gradas del trono el mayordomo mayor de palacio don Juan Núñez de Lara, el arzobispo de Toledo don Gutiérrez segundo, los de Galicia y Sevilla y el delegado del papa Clemente V, el muy entendido en armas y en letras Pedro López de Ayala, adelantado de Murcia, Fernán Gómez de Toledo, camarero mayor y muy querido del rey, y los infantes de la Cerda, vestidos con ornamentos reales; cerca del trono y en primer término, veíase a don Lope López Díaz de Haro, don Juan Alonso Pérez, Guzmán el Bueno, señor de Sanlúcar, don Pedro Ponce de León, muy estimado del rey y su antiguo ayo, el abad de San Andrés, canciller de doña María Alfonsa, los maestres de las órdenes militares con sus respectivos caballeros; el alguacil mayor Gómez Pérez de Lampar con los procuradores de la ciudad; y, por último, multitud de donceles, escuderos y pajes, de los muchos y distintos caballeros que había en la corte del poderoso y egregio rey de Castilla y León.

—Prelados, infantes, gentiles-homes, escuderos, donceles y pajes de mi corte —dijo el rey así que vio a todos colocados en los sitios que por su posición o clase a cada uno pertenecía—. Dos son los objetos que me traen hoy a reunirme con vosotros. El primero creo que os llenará de tanta complacencia como a mí. Mi augusta esposa, la reina doña Constanza, se halla encinta, y según el pronóstico de los sabios que ven el porvenir de las criaturas escrito en los astros, pronto tendrá la corona de Castilla un digno sucesor de don Pelayo. El segundo, señores, me cuesta harto dolor y sentimiento anunciároslo; pero como padre que debo ser de los pueblos que la Providencia ha puesto en mis manos para que los gobierne, es deber mío premiar a aquellos que procedan bien y castigar asimismo a los que infringen las leyes y mandatos de Nos. Os doy una prueba, nobles señores, de lo recto e imparcial de mi justicia, cuando no he vacilado en que esta se haga ostensiva hasta a los miembros de mi misma familia.

Don Fernando se sentó algo afectado, y haciendo seña a uno de los farautes, se oyó a poco en el salón la voz de un hombre que decía:

—Oíd, oíd, oíd.

Los cortesanos prestaron atento oído. El justicia mayor leyó entonces con voz clara y sonora lo siguiente:

—«Don Fernando IV, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de León, de Galicia, de Sevilla, de Toledo, de Córdoba, etc., etc., etc., por el presente escrito hacemos saber a los que viven hoy, como también a la memoria de los venideros, que el infante don Juan, nuestro tío carnal, nos ha hecho graves y repetidas injurias, habiéndoseles perdonado ya algunas; pero ha llegado muy mucho a nuestro corazón la acción de abandonar el campo con sus mesnadas y caballeros en tiempo que Nos, con la ayuda de Dios y de las nuestras leales tropas y de nuestros fieles vasallos, poníamos sitio a la ciudad de Algeciras y a Gibraltar, para arrancarlas del poder de los moros. Oído los consejos de los barones buenos e ilustres de estos mis reinos y por el convencimiento que Nos tenemos de que el referido infante ha sido, y es, ingrato, contumaz e inobediente, hemos resuelto quede desde este momento destituido y exonerado de todos los títulos y consideraciones que como príncipe y caballero tenía. Otrosí, es nuestra real voluntad dar a los justicias, alcaldes y oficiales de estos nuestros reinos, facultades amplias y omnímodas para que si se hacen con la persona del ya referido infante, le conduzcan preso y maniatado al lugar o pueblo donde Nos a la sazón residamos».