La lectura del documento arriba escrito produjo gran sensación en todos los cortesanos. Un murmullo de desagrado fue la respuesta que recibió el rey. Cuentan las crónicas que hubo caballero de aquellos que sacaron hasta la mitad sus aceros, movidos de lástima por don Juan, y llenos de indignación contra don Fernando.
Una voz de mujer que decía a grandes voces, fuera de la cámara real, «dejadme chusma insolente, dejadme ver al rey», distrajo la atención de los cortesanos del monarca castellano. Este se apresuró a decir al capitán de sus guardias:
—Enteraos, don Tello, qué ruido es ese.
—Señor, una mujer que pugna por entrar aquí, a pesar de los esfuerzos que hacen los soldados por impedirle el paso. Si quiere recibirla tu alteza, la haré entrar.
—Sí, hacedla entrar, don Tello —repuso el rey deseando satisfacer su curiosidad.
Apareció en seguida de haber salido el capitán una mujer de bellas y elegantes formas cubierto el rostro y seguida de otras dos que parecían sus dueñas. Pasó la dama muy cerca de don Lope de Haro, y se dirigió con resolución al trono, donde permaneció postrada hasta que el rey le dijo:
—Alzad, señora, alzad y exponed los motivos que os inducen a presentaros en este lugar de esa manera. Levantaos y contad vuestras cuitas, si las tenéis.
—¡Justicia, noble rey, justicia! —exclamó la enlutada besando con sumisión el borde del manto real.
—Hablad, señora, hablad, que nunca la he negado a nadie.
En los rostros de las circunstantes pintose el asombro y la admiración. El conde de Haro palideció visiblemente al hablar la encubierta dama. Esta continuó con voz clara y sentida: