—¡Un crimen se ha cometido en Burgos, señor; en tu corte, en el mismo alcázar donde moras!
—¿Un crimen, decís?
—Sí, señor, un crimen, y crimen destinado a quedar impune.
—¡Acabad, por Dios, señora! —exclamó el rey impaciente.
—Los grandes que te adulan y lisonjean son, señor, los que más infringen tus mandatos...
—¡Fuera esa mujer! —dijeron todos los caballeros a una, y tumultuosamente.
—Y validos —continuó la encubierta sin arredrarle los gritos y amenazas de los caballeros— de tu favor y de la sombra de tu trono cometen las acciones más feas y villanas.
—¡Explicaos! —repuso don Fernando.
—Señor —dijo el conde de Haro trémulo de ira—, no debe tu alteza dar oído a una mujer que está demente, a juzgar por las palabras que dice.
—Dejad, don Lope —replicó el rey—. Y vos, señora, apresuraos a exponer brevemente vuestras cuitas, sin meteros a más.