—Ya veo —contestó la advenediza— que es un crimen de lesa majestad decir a los reyes la verdad...
—¡Acabad!
—Doña Beatriz de Robledo, digna hija de uno de los más leales vasallos de tu padre y dama de tu augusta madre, doña María Alfonsa de Molina, ha sido robada de la cámara real, sin saberse todavía el paradero de tan noble joven.
—Lo sabíamos, señora, y ya se han dado las oportunas órdenes para descubrir a los autores del atentado que todos deploramos. ¿No se sabe nada aún de este negocio, señor justicia mayor?
Iba el interpelado a contestar, pero se apresuró a decir la encubierta:
—El autor, señor, recibe de tu mano inmensos beneficios; el autor se ampara en tu misma corte; y por último, nos está escuchando.
—¡En mi corte!
—¡Sí, en tu corte! —repuso la desconocida con entereza.
—¡Nombradle! —dijeron todos con el más marcado interés.
Don Lope cambió una mirada de sorpresa con el judío Aben-Ahlamar. La voz de la desconocida había penetrado hasta lo más recóndito de su corazón. La repentina aparición de aquella mujer le dejó más frío y parado que una estatua de piedra. Su cuerpo sintió un estremecimiento involuntario al rozar el vestido de la tapada con el suyo, cuando esta pasó al trono del rey, y, en fin, su voz, las miradas tan terribles que al través del antifaz le asestaba, hizo temblar más de una vez al orgulloso conde de Haro. A pesar de todo esto, aparentó serenidad y dijo uniendo su voz a la de los demás: