—¡Nombradle!

—¡Sí, nombradle, decid quien es, señora! —exclamó el rey.

—Es...

—¡Hablad, hablad pronto, por Cristo! —dijo don Fernando.

—¡El conde de Haro!

—¡Don Lope! —exclamó el monarca mirando alternativamente al acusado y a la acusadora.

—¡Yo! —preguntó el conde—. ¿Yo?

—¡Don Lope! —repitieron todos admirados.

—¿Sabéis —repuso el rey— el nombre que habéis tomado en boca y la persona a quien ultrajáis?

—Sí, lo sé, y por eso he venido a acusarlo; por eso lo he nombrado sin temor.