—¿Hay algún caballero que tome a su cargo la demanda de la acusadora?
Un silencio sepulcral fue la respuesta que recibió el faraute. En los pechos de todos los caballeros lucían prendas del amor de sus damas. A más de esto, ¿quién se iba a exponer, por sostener la demanda de una mujer desconocida, que tal vez resentida con el de Haro quisiese vengarse de él achacándole el rapto de doña Beatriz?
El espíritu de don Lope se tranquilizó algún tanto en vista de que ningún caballero salía por defensor de la desconocida.
El faraute volvió a decir otra vez:
—¿Hay algún caballero que salga por defensor de la acusadora?
—¡Yo! —contestó una voz varonil.
Y entró al mismo tiempo en la cámara un hombre armado de pies a cabeza y calada la visera.
—¡Ah, triunfé! —exclamó la dama por lo bajo.
Volvieron los ojos de los cortesanos al temerario y denodado caballero que tomaba a su cargo tan arriesgada demanda. Don Lope tembló a la vista del advenedizo defensor de su contraria.
Llegó el armado al trono, e hincando una rodilla en tierra, dijo al rey con el mayor respeto: