—Señor, ¿me concede tu alteza licencia para tomar la demanda de esta desconocida?

—La tenéis —contestó el rey.

—Y vos, conde de Haro, ¿me admitís por contrario? —dijo el desconocido acercándose a don Lope.

—No acostumbro a hacer caso de los enmascarados —repuso con calma.

—¿Y me conocéis ahora? —dijo el armado levantándose la visera.

—¡El de Carvajal! —exclamó don Fernando sorprendido.

—¡Don Juan! —repitieron asombrados los caballeros.

—El mismo, señores.

—¿Tenéis que pedirme alguna cosa, don Juan? —dijo el monarca.

—Ninguna —respondió el amante de doña Beatriz—, sino que oiga tu alteza y todos los aquí presentes mi desafío: Atended, ricos-homes, caballeros, escuderos y todos los que me escucháis. Yo, don Juan Alonso Carvajal, infanzón del muy poderoso rey de Castilla, don Fernando IV; a vos, don Lope López Díaz de Haro, conde de Haro, señor de Santa Olalla y de Balmaseda, te desafiamos por mal caballero, aleve y descortés, y te retamos a muerte, tomando por testigos a los presentes, por raptor de Doña Beatriz de Robledo, dama de su alteza la reina Doña María; a lanza o espada, mientras dure sangre en nuestras venas.