—Tened la bondad de seguidme, señora —le dijo.

En la noche que siguió a día tan fecundo en sucesos, no podía conciliar el sueño el justiciero y buen rey de Castilla. Su imaginación, acalorada con las escenas de la mañana, no cesaba de representarle la de la acusación de Haro. Los hermosos ojos de aquella mujer, que cual dos luceros brillaban al través del antifaz, no los olvidaba ni un momento el joven monarca. Durmiose al cabo para soñar con Castrojeriz, y con la bella y hechicera Piedad; entonces se sonrió y dijo con inefable alegría: «Es la misma, sí, he conocido su voz... La impresión que ha experimentado mi corazón, ¿quién sino esa adorable criatura era capaz de hacérmela sentir? ¿Quién sino ella, que en tan cortos instantes encendió en mi pecho esta llama que me abrasa?».

Tan luego como el día asomó por el horizonte, se dirigió el rey, envuelto en un cumplido ropón, a la habitación de su físico, el judío Juffep Aben-Ahlamar.

CAPÍTULO VII.

En el que se ve que una persona muy principal le pide a la gitana cierta cosa que el lector sabrá leyendo este capítulo.

Dirigiose efectivamente el rey, tan luego como amaneció, y según dejamos dicho en el capítulo anterior, a la morada de su físico Aben-Ahlamar, a conocer, o mejor dicho, a saber si la acusadora del poderoso conde de Haro era la siempre para él encantadora Piedad. El enamorado monarca sabía que el judío vivía en su mismo alcázar, pero ignoraba completamente en qué parte de él. No había pensado en esta circunstancia, y se paró sin saber qué partido tomar en tal aprieto.

En aquel momento llegó a su oído la estridente voz de un soldado que le decía, al mismo tiempo que preparaba su ballesta: