—¿Quién sois? ¡Alto!

Si bien don Fernando se alegró de haber dado con un centinela, que al instante le diría en qué lado del alcázar moraba su médico, vaciló en responderle, temiendo ser conocido.

—¡Voto a tal, don Bellaco, o don Demonio —dijo el soldado amostazado—, que si no me decís quién sois y a dónde vais, os haré probar mi ballesta!

—Soy —repuso don Fernando, cubriéndose el rostro cuanto pudo con la capucha de su ropón— un paje de su alteza el rey, que llevo órdenes suyas para...

—¡Engañado vivís, pajecico, si creéis haberme convencido! ¡Buena hora es, en verdad, para que su alteza os mande a ninguna parte, cuando no hay un alma viviente que haya dejado el lecho aún! Vaya, vaya, dejaos de conversación y volveos por donde habéis venido.

—Ya os he dicho...

—¡Atrás! —repuso el ballestero haciendo ademán de herir a Don Fernando.

—¡Mirad lo qué decís! —replicó el hijo de doña María replegándose y echando mano a su espada.

—¡Voto va! —exclamó el soldado riéndose estrepitosamente—. ¿Qué he de hacer sino quitar a un villano de en medio?

No pudo sufrir más el impaciente joven. Cogió por el cuello al soldado y le dijo descubriéndose el rostro con la mayor ligereza: