—¿Conoceisme, don Bellaco, conoceisme ahora?

—¡El rey! —exclamó el pobre soldado anonadado.

—¡Chito!

—¡Perdón! —repuso cayendo de rodillas.

—Está bien, pero cuida de no decir que me has visto, porque te mando colgar del árbol más alto de Burgos.

—Señor...

—Bien, alza y condúceme, si sabes, a la habitación del judío Aben-Ahlamar.

Levantose el ballestero loco de alegría, y echó a andar, seguido del rey, con dirección a una puerta que se veía al extremo de la galería donde tuvo lugar la escena que, a fuer de exactos cronistas, no hemos querido dejar de referir.

—Toma y retírate —dijo don Fernando a su guía, entregándole así que hubieron llegado a la misma puerta que daba entrada a la morada del nigromántico, una moneda de plata.

Hubiérase echado de nuevo el soldado a los pies del monarca, si este no se apresurase a decir: