—Vete, vete cuanto antes de aquí.

El soldado desapareció, y don Fernando dio tres golpes con suavidad en la claveteada puerta.

Refunfuñando la abrió el judío, y con mal talante y peor modo dijo al joven monarca:

—No os conozco. ¿Qué queréis a esta hora?

—Soy... Pero pasemos adentro —repuso el rey— y entonces me descubriré.

—Si antes no me decís quién sois, no os dejaré penetrar en mi morada —dijo el judío impidiendo la entrada al señor de Castilla y de León.

—¡Vive Cristo, Aben-Ahlamar, que estáis por demás imprudente! —replicó don Fernando entrando, a pesar de los esfuerzos del judío, en la vivienda de este, y cerrando la puerta tras sí.

Estupefacto quedó Juffep en vista de la osadía del misterioso personaje que tan temprano y de una manera tan brusca le visitaba. Conocía la voz de su huésped pero no se acordaba a quién pertenecía.

El rey se apresuró a decir, así que hubo penetrado en la estancia donde su médico confeccionaba las medicinas y brevajes que se hacía pagar a peso de oro:

—Dispensad, Aben-Ahlamar, si antes no os he dicho quién era; pero temía ser conocido por alguien.