Y al mismo tiempo se echó el monarca sobre los hombros la capucha de su rico y elegante ropón.

Si grande fue la sorpresa del ballestero cuando reconoció al rey, no fue menor la del judío. Inclinose, hasta besar la fimbria del traje del joven, diciéndole al mismo tiempo con el mayor respeto:

—No me levanto, muy poderoso señor, hasta que tu alteza se digne perdonarme.

—Alzad, Aben-Ahlamar, alzad, que yo en vuestro caso hubiera hecho lo mismo.

—Esperaba, noble rey, tamaño beneficio de tu magnanimidad y...

—Basta, basta, no hablemos más de eso —repuso el monarca interrumpiendo a su físico y tomando posesión del colosal sillón de este.

Hubo un momento de silencio que fue interrumpido por Juffep, el cual ardía en deseos de saber el objeto de la visita del rey en aquella hora intempestiva. Así es que aparentando la mayor timidez, dijo a su ilustre huésped:

—Puede saber, señor, este tu más fiel vasallo y servidor, a qué debe la muy alta honra de que le visite el poderoso e ínclito rey de Castilla.

—¿Es esta, por ventura, la primera vez que vengo a vuestra morada?

—Creo que sí, gran señor.