—¡Cómo la primera! Pues qué, ¿no os acordáis ya, cuando...?

—Perdona, rey don Fernando —repuso el judío interrumpiendo al monarca—, perdona; pero de nada me acuerdo.

—Frágil sois de memoria, en verdad; dijo el rey con tono bromista.

—Tengo efectivamente esa desgracia, señor, y lo siento en este momento por tu alteza.

—¿Os acordáis —continuó don Fernando— cuando en Castrojeriz fui a veros a causa de que una sobrina vuestra...?

—¡Ah!, recuerdo, señor, recuerdo ahora perfectamente.

—¿Veis, señor desmemoriado, veis? —repuso el rey con alegría.

Pero antes de seguir escuchando la conversación del rey y de su físico, fuerza es referir la primera visita que hizo el monarca a Aben-Ahlamar, y que, como acabamos de observar, el primero ha recordado al segundo.

En el capítulo segundo de la introducción de este relato, tuvimos ocasión de ver al rey víctima de los encantos y hechizos de la gitana Piedad. ¿Y a qué persona no subyugaría una belleza tan perfecta como la de aquella mujer? No es de extrañar, pues, que el rey, joven entonces de dieciséis años, quedase altamente prendado de la sobrina de Aben-Ahlamar, verdadero tipo de las hijas del Guadalquivir. Joven, muy joven era, en verdad, don Fernando para haber concebido una pasión como la que le inclinaba a Piedad. Pero tenemos que advertir que era también el joven monarca castellano hijo de la hermosa Rómula. Y allí, en la dichosa patria de los Teodosios y Trajanos; en la pequeña Roma, llamada así por Julio César; en la ciudad que tantos varones ilustres ha dado a la altiva España y que tantas bellezas y maravillas encierra; en la sin par Sevilla, cuyas murallas y praderas están bañadas por el delicioso y nunca bien ponderado Betis, el de las arenas de oro, y cuyas aguas son tan mansas como la sonrisa de sus hijas, allí, decimos, todo es precoz, todo, hasta el amor mismo...

Al día siguiente de haber conocido don Fernando en Castrojeriz a la que pasaba por sobrina de su físico, dirigiose a la misma hora en que le hemos visto la segunda vez, a la habitación de este.