Omitiremos, contando con la benevolencia del lector, la sorpresa del judío al encontrar al rey en su vivienda, sus impertinentes cumplimientos y las adulaciones y lisonjas con que salpicaba las palabras que dirigía al nieto de San Fernando.

Don Fernando interrogó en estos términos a su siempre interesado y codicioso médico:

—Decidme, Aben-Ahlamar, ¿no tenéis en vuestro poder a una joven, asaz hermosa por cierto?

—¿Habláis de una —repuso el judío con intención— cuyos hermosos ojos negros parece que despiden fuego?

—¡Sí, sí, esa misma es! —exclamó el rey loco de alegría.

—Pues esa joven, señor, es mi sobrina.

—¿De veras?

—¡Dudáis!

—Perdona. ¿Y cómo se llama?

—Piedad.