—¿Y cuál?
—Mi ejército.
El aire zalamero y astuto con que eludía Biassou las preguntas francas y altivas de Pierrot daba claro a entender su resolución de no conceder otra cosa a más del respeto a que al parecer se veía obligado.
—¿Cómo es eso de tu ejército?—exclamó Pierrot—. Pues qué, ¿no sabes hacerte obedecer?
Biassou, conservando su posición ventajosa, aunque sin soltar el aire de inferioridad, contestó con aparente franqueza:
—¿Y se imagina Su Alteza que se pueda mandar de veras a hombres que se han rebelado por no obedecer?
Yo daba demasiado poco precio a la vida para romper el silencio; pero la ilimitada autoridad que vi a Biassou ejercer la víspera sobre sus secuaces hubiera podido proporcionarme ocasión de desmentirle y poner a descubierto su doblez. Pierrot le replicó:
—Pues bien: ya que no sabes mandar a tu ejército y que los soldados hacen aquí de jefe, ¿qué motivos de odio pueden ellos abrigar contra este prisionero?
—Las tropas del gobierno acaban de dar muerte a Bouckmann—contestó Biassou, cubriendo con un velo de tristeza su feroz y burlona fisonomía—, y mis compañeros están resueltos a vengarse en este blanco de la pérdida del caudillo de los negros cimarrones de Jamaica; quieren alzar trofeo contra trofeo, y que la cabeza de este oficial haga balanza a la cabeza de Bouckmann en la medida en que el bon Giu bueno pesa a entrambos partidos.
—¿Cómo has podido—le dijo Pierrot—adherirte a estas horribles represalias? Escúchame atento, Juan Biassou: estas crueldades serán lo que arruinen nuestra justa causa. Prisionero en el campamento de los blancos, de donde logré fugarme, ignoraba la muerte de Bouckmann, que ahora me cuentas, y que es un justo castigo del cielo por sus crímenes. En cambio, voy a participarte otra nueva: Jeannot, aquel mismo caudillo de los negros que sirvió a los blancos de guía para meterlos en la emboscada de Doma-Mulatos, Jeannot, también acaba de morir. Ya sabes, no me interrumpas, Biassou, que competía en lo sanguinario con Bouckmann y contigo; ahora bien, atiéndeme: no es la cólera del cielo ni tampoco los blancos los que le han herido, sino el mismo Juan Francisco es quien ha hecho este acto de justicia.