Biassou, que estaba escuchando con ademán sombrío de respeto, dejó escapársele una exclamación de sorpresa. En este instante entró Rigaud, hizo a Pierrot una profunda reverencia y se puso a hablarle en secreto al generalísimo, cuando a la par se oía gran estrépito por el campamento. Pierrot continuó hablando así:
—... Sí, Juan Francisco, cuyo único defecto es un lujo funesto, y la ridícula pompa de aquella carroza con seis caballos en que va todos los días desde su campamento a oír la misa que le dice el cura de Río Grande; Juan Francisco ha castigado los furores de Jeannot. A pesar de las cobardes súplicas del forajido, y aunque a los últimos momentos se abrazó con tanto terror al cura de la Marmelade, encargado de exhortarle a bien morir, que fué preciso arrancarle de por fuerza, al fin ayer quedó fusilado el monstruo bajo el mismo árbol, lleno de garfios de hierro, de donde colgaba a sus víctimas vivas. Biassou, medita en este ejemplo. ¿A qué fin esas matanzas, que obligan a los blancos a mostrarse feroces? ¿A qué valerse de artificios para excitar aún más el furor de nuestros desgraciados compañeros, ya de por sí exasperados en demasía? Hay en Trou-Coffi un charlatán mulato, a quien apellidan Romana la Profetisa, que anda fanatizando un tropel de negros, profanando sacrílegamente la Santa Misa y haciéndoles creer que está en relaciones con la divina Virgen, que le comunica sus oráculos cuando introduce la cabeza en el santuario. Así incita a sus secuaces a la matanza y al saqueo en nombre de María...
Quizá había una expresión más tierna aún que la del acatamiento religioso en el acento con que pronunció esta postrer palabra; y yo no sabré decir por qué, pero me sentí ofendido e irritado.
—... Pues bien—prosiguió el esclavo—, tenéis aquí en vuestro campamento a no sé cuál obí o charlatán semejante a ese Romana la Profetisa. No ignoro que, debiendo guiar un ejército compuesto de hombres de todos países, de todo origen, de todos colores, es preciso enlazarlos por algún vínculo de comunidad; pero ¿acaso no es dable encontrarlo sino en un fanatismo feroz y en ridículas supersticiones? Créeme, Biassou, que los blancos no son tan crueles como nosotros. A menudo he visto a los dueños defender las vidas de sus esclavos, y aunque no desconozco que para muchos de ellos, no la vida de un hombre, sino una suma de dinero, era el objeto de aprecio, siquiera el egoísmo de su propio interés les inspiraba una virtud. No seamos, pues, menos clementes, que también nuestro provecho nos lo aconseja. ¿Será más santa y más justa nuestra causa por ventura cuando hayamos exterminado a las mujeres, degollado las inocentes criaturas, atormentado a los ancianos o hecho perecer a nuestros antiguos amos entre las llamas de sus mismas habitaciones? ¡Y, sin embargo, tales son nuestras hazañas diarias! Respóndeme, Biassou, ¿de qué sirve dejar por testimonio de nuestras huellas un rastro de cenizas o un rastro de sangre?
Calló, y el fuego de sus miradas y la energía de sus acentos respiraban tal convencimiento y fuerza de mando cuales no alcanzaré a describir. Con los ojos bajos y el ademán de un raposo cogido en las garras del león, meditaba Biassou el medio de esquivar tamaño poderío, y, mientras tanto, el caudillo de las hordas de los Cayos, aquel mismo Rigaud, que había presenciado la víspera, y con sereno aspecto, cometerse tales horrores, aparentaba indignarse de los atentados que Pierrot tan al vivo retrataba, exclamando con hipócrita alarma:
—¡Oh, Dios mío, y lo que es un pueblo enfurecido!
XLIII
Crecía en esto el estrépito por afuera, y Biassou se mostraba desasosegado. Más tarde supe que procedía este rumor de los negros de Morne-Rouge, quienes recorrían el campamento anunciando la llegada de mi libertador y el intento de sostenerle, fuese cual fuera el motivo de su visita a Biassou. Rigaud había venido a participar al generalísimo esta circunstancia, y el temor de un funesto rompimiento fué lo que indujo al astuto caudillo a hacer, como en efecto hizo, una especie de aparente concesión a los deseos de Pierrot.
—Si somos algo severos con los blancos—dijo con evidente despecho—, Vuestra Alteza lo es bastante con nosotros, y me agravia en particular con achacarme el ímpetu del torrente. Pero, al cabo, ¿qué podría hacer ahora para satisfacerle?
—Ya lo he dicho, señor Biassou—replicó Pierrot—: que me dejen llevarme a este cautivo.