—Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María?

Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con dulzura, respondiendo:

—¿Siempre lo mismo?

—¡Sí, siempre, siempre!—exclamé arrebatado—. Te haré la misma pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está María?

—¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás.

—¡Pronto, monstruo!—le repliqué—. ¡Ahora, ahora mismo quiero saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme, o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete!

—Ya te he dicho que eso no puede ser—prosiguió con tristeza—. El torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por tres veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los dos.

Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo:

—Toma—me dijo.

Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho, pero no dió señales de rehuir el golpe.