—¡Infame!—exclamé—. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer.

Entonces me respondió sin cólera:

—Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme; siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te lo ruego en nombre de María... de tu esposa—añadió con un penoso esfuerzo—; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio.

Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar. Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio secreto que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar.

—Vamos—le dije—, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a acompañarte.

Quise devolverle el puñal, pero me respondió:

—No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más tiempo en balde.

XLV

Echó con esto de nuevo a andar, y Rask, que durante nuestra conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada, volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos deteníamos; Rask, digo, continuó alegre su camino. Nos enmarañamos a través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos con una verde pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial que brotaba entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles, cuyos gruesos y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados siglos. Una gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud de enredaderas, clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado; Rask corrió a ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una seña, y, agarrándome por la mano, sin pronunciar una sola palabra, me introdujo en la gruta.

Una mujer estaba adentro, con la espalda vuelta a la luz y sentada en una estera de juncos; al ruido de nuestros pasos volvió el rostro, y... amigos, era mi María.