El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de tristeza tan singular cuanto enérgico.

—Escúchame—dijo en tono de frialdad—: mi padre era rey en el Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos. Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron!

Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas; tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí:

—El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo. Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que las crió a sus pechos, al padre que las bañaba en el torrente, y no encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los perros.

Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia.

—Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda.

Yo me estremecí, y él prosiguió:

—¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?—continuó titubeando y bajando los ojos—. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos adelante.

Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara; Rask era el confidente que me traía sus mensajes.

Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano, y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la misma jornada.