Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia:

—Hermano, ¿qué hubieras tú hecho?

Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con amargura y prosiguió en estos términos:

—Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas, y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto, y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer. Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los brazos, confié el niño a Rask y los conduje a entrambos a esta gruta, de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he aquí mi crimen.

Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise volver a arrojarme a los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como ofendido.

—Vamos—me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la mano—; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco.

Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos.

—Al campamento de los blancos—me respondió—. Este asilo ya no es seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y, además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo debemos, porque yo no lo estoy.

Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración.

—Pues qué—contestó con ademán de impaciencia—, ¿no has oído decir que Bug-Jargal estaba prisionero?