El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja:
—Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos horas antes de terminarse el día: he prometido morir.
Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible:
—¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo Biassou! ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es negro, es un mulato!
—¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese Biassou?—dijo María atemorizada.
—Cállate, cállate—le repetí en secreto a Bug-Jargal—; cállate, no la asustemos.
—Pero bien—me preguntó con tono sombrío—, ¿cómo consentiste en hacer tal promesa? ¿Por qué se la diste?
—Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el vivir?
—Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame.
—Le empeñé mi palabra de honor.