Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme.

—¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa? ¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con sus flores rojizas?

—No.

—Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte?

—Mi honor—le repliqué.

—No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven con nosotros.

—No puedo, hermano; lo he prometido.

—No, no lo has prometido—prorrumpió con arrebato.

Y luego, alzando la voz:

—Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou.