—Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu confianza.

Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la comarca.

—¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós.

Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé, sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación, temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi fortaleza.

XLIX

Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a mis pies.

Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura. Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía, porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados ensueños habían de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin, una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad, la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente en la tumba.

L

Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban admitirme, y aun tuve que rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou.

Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no se manifestó atónito de mi presencia.