—¿Ves?—me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba.
Yo permanecí sosegado, porque conocía al “héroe de la humanidad” y estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza.
—¿No es verdad?—añadió riéndose en tono de escarnio—. ¿No es verdad que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca?
Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén.
—Que le avisen al señor padre capellán—dijo él entonces, dirigiéndose a uno de sus ayudantes.
Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara. Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo.
—Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército—dijo Biassou con sosiego.
Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes, con sus diversos y tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces, Biassou se levantó.
—Escuchad, amigos; los blancos piensan atacarnos en este punto al amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla. Pongámonos todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a la frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de la Croix-des-Bouquets se pondrán en marcha detrás de Macaya. Toussaint irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si los griotos y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los encomiendo. El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses recién desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex libres por los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se degüellen; que se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y que se arrojen tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto de agua para el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y se la beberán sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del Acul marcharán detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con peñas todas las entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad los bosques. Tú, Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis guardias. En fin, los negros de Morne-Rouge formarán la retaguardia y no evacuarán el terreno hasta el despuntar del día.
Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja: