Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya reparado, y que estaba en un rincón de la caverna.

—He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos contornos?

—He visto—le respondí con frescura—que hay árboles sobrados para ahorcarte a ti y a toda tu gavilla.

—Pues mira—replicó con un tono de burla forzado—, hay un sitio que sin duda no conoces, y que el bendito bon per se va a tomar la molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí.

Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y el rosario en la mano.

LI

Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro momento. Un torrente lo atravesaba en todo su ancho, fecundizando con su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces, en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso me pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un vigor y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de mauricias, especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra; allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores; allí, inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre los dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules aureolas de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los negros coalí. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su verdor los descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba impregnado de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este suelo virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el primer hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos, mientras tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el curso de sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda en un peñón tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de arco, por donde brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento impetuoso salían por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a la izquierda, por un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla de un torrente de largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada por las zarzas, acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban a su boca, se nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor semejante al que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle. Los negros me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por el subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento:

—He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda.

Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas. El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé, en efecto.

Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se despedían con espantoso rugido de las venas de la montaña.