Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso.
Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada, y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más abajo del borde.
Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie.
Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos.
LII
Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la hora de morir.
Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una queja.
—Amigos—les dije a los negros que me rodeaban—, ¿sabéis que es cosa triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre?
Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se me acercó de súbito.
—¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? ¡Alabado sea Dios! Mi único temor era que no tuvieses miedo a la muerte.