Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas conjeturas.
—¿Quién eres, miserable?—le pregunté.
—Vas a saberlo—me contestó con acento terrible.
Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió:
—Mira aquí.
Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos nombres era el de Effingham; el otro, el de mi tío, el mío propio: D’Auverney. Quedé mudo de sorpresa.
—Pues bien, Leopoldo d’Auverney—me preguntó el obí—, ¿no te declara tu nombre el mío?
—No—repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano aclarar mis recuerdos—. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah!
—¡El mismo soy!—exclamó con una voz espantosa.
Y, levantando la sangrienta gorra, se arrancó el velo. El diforme rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire de sandia alegría que le era común se había trocado en una expresión amenazadora y siniestra.