—¡Dios eterno!—prorrumpí, herido de asombro—. Pues qué, ¿todos los muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío.
El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado:
—¡Sí, su bufón y... su homicida!
Retrocedí, lleno de espanto.
—¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades?
—¡Bondades! Ultrajes, dirás—me respondió interrumpiéndome.
—¿Y tú, infame—proseguí—; tú fuiste quien le dió el golpe mortal?
—¡Sí, yo fuí!—replicó, dando una horrible expresión a sus facciones—. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a su cabecera.
Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron.
—¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a su lecho...