—¡Como un perro!—dijo Habibrah con ímpetu—. ¡Sí, como un perro! ¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras tantas afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti. Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería, sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal!
Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió:
—¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney! Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección de tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? ¡Bon Giu! ¡Qué predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. ¡Oh, rabia! ¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba! Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable, eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes de morir, conocer la amargura del orgullo herido y sentir cuán abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor, y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro!
Y era espantoso.
—¡Monstruo!—exclamé—. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma!
—¡No hables de atrocidad!—me dijo Habibrah—. Recuerda las crueldades de tu tío.
—¡Infame!—le contesté indignado—. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo, por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos?
—¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario, le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos, para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los favorecía.
Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio.
—Pues bien—añadió el enano—: ¿te parece que he sabido calcular y llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío?