—Acaba lo que tan bien empezaste—le respondí—. Mátame, pero date prisa.

Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo.

—¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia yace aniquilada. Tu tío pereció a hierro, tú vas a morir en el agua y tu María a perecer en el fuego.

—¡Infame, infame!—exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él.

Entonces se volvió a los negros, diciendo:

—¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora!

Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados, me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la enorme cabeza de Rask apareció por la hendedura. Me estremecí; el enano gritó:

—¡Vamos!

Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a lanzarme en el abismo...

LIII