—¡Camaradas!—clamó una voz de trueno.
Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente.
—¡Camaradas!—repitió—. ¡Deteneos!
Los negros se postraron, y él prosiguió:
—Yo soy Bug-Jargal.
Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo intento y significado era difícil en extremo discernir.
—¡Desatad al preso!—gritó el caudillo.
Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los negros, próximos a cortar mis ligaduras.
—¿Cómo?—exclamó—. ¿Qué quiere decir eso?
Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó: