No intentaré, señores, pintar la situación en que me encontraba. Clavé los ojos humedecidos en Pierrot, que a su vez me contemplaba con extrañas muestras de agradecimiento y orgullo.

—¡Alabado sea Dios!—dijo al cabo—. ¡Todo se ha salvado! Hermano, vuélvete por donde has venido, y abajo me encontrarás en el valle.

Hizo un gesto con la mano y desapareció.

LIV

Ansioso por llegar al lugar de la cita y saber qué venturoso milagro había traído tan a tiempo a mi libertador, traté de salir de la caverna; mas al efectuarlo me aguardaban nuevos peligros. En el momento mismo en que me dirigía hacia la galería subterránea, un imprevisto obstáculo salió a atajarme la entrada: Habibrah, el rencoroso obí; lejos de acompañar a los negros, cual habíame imaginado, estaba aguardando un momento más propicio para su venganza. Y ese momento había llegado. El enano apareció de súbito, soltando la carcajada, mientras yo me encontraba sin armas ni defensa; el mismo puñal que le servía de crucifijo brillaba entre sus manos. A su vista, di un paso atrás por un movimiento involuntario.

—¡Ja, ja, maldito! ¿Creías escapárteme? Pero el tonto es menos tonto que tú. Ahora te cogí, y esta vez no te haré esperar ni tendrá tu amigo Bug-Jargal que aguardarte en vano. ¡Irás a la cita en el valle, pero las aguas del torrente se encargarán de hacerte andar el camino!

Y así diciendo, se abalanzó a mí con el puñal enarbolado.

—¡Monstruo!—le respondí, echándome a la espalda por el terrado—. Hace poco no eras más que un verdugo, y ahora eres un asesino.

—¡Me vengo!—replicó, rechinando los dientes.

En aquel instante me hallaba a la orilla del precipicio; se tiró a mí con ímpetu para empujarme con una puñalada; le huí el cuerpo, y deslizándosele el pie por el musgo resbaladizo de que estaban cubiertos los húmedos peñascos, fué rodando por aquella pendiente carcomida por las olas. Dió un feroz aullido, invocando a los espíritus del infierno, y cayó en la sima.