Antes he dicho que asomaban por entre las grietas de la peña, más abajo del borde de la orilla, las raíces de un anciano tronco. El enano tropezó en ellas a su caída, y el estrambótico ropaje se le enredó entre los nudos de la cepa, y, agarrándose a ese postrer sostén, se quedó asido con energía extraordinaria. El gorro puntiagudo se desprendió de su cabeza, tuvo que soltar el puñal, y el arma del asesino y la caperuza del bufón desaparecieron juntas, botando por los profundos rincones de la catarata.
Habibrah, colgado sobre el abismo, trató primero de subir al terrado; pero sus brazuelos no alcanzaban al borde del tajo, y se deshacía las manos en impotentes esfuerzos por clavar las uñas en las peguntosas paredes de la sima. El desgraciado bramaba de ira.
La menor sacudida por mi parte habría bastado para precipitarle; mas hubiese sido una vileza en que ni soñé siquiera. Esta moderación le admiró. Dando gracias al cielo por la salvación que me enviaba de una manera tan inesperada, iba ya a abandonarle a su suerte y me preparaba a partir de la estancia subterránea, cuando de súbito oí salir de entre el precipicio la voz del enano en acento de súplica y de duelo:
—¡Amo, mi amo!—decía—. ¡No os vayáis, por amor del cielo! ¡No dejéis, en nombre del bon Giu, perecer impenitente y culpado a un ente humano a quien podéis salvar! ¡Ay! Las fuerzas me flaquean, la raíz se cimbrea y resbala entre mis manos, el peso del cuerpo me arrastra tras sí; tengo que soltarla o se va a tronchar... ¡Ay, amo mío! El horrendo pozo hierve bajo mis pies. ¡Santo nombre de Dios! ¿No tendréis compasión del pobre bufón? Es muy malo; pero ¿no querréis demostrarle que los blancos son mejores que los mulatos, los amos que los esclavos?
Me acerqué al precipicio, casi conmovido, y la opaca luz que se dejaba caer por la hendedura me enseñó en el repugnante rostro del enano una expresión que aun me era allí desconocida: la del ruego y el quebranto.
—Señor Leopoldo—prosiguió, alentado por un movimiento de lástima que no pude contener—, ¿será posible que cualquier persona humana contemple a su semejante en tan horrible posición y que, pudiendo socorrerle, no lo haga? ¡Ay, amo mío, alargadme la mano! Con un poco de ayuda bastará para salvarme. ¡Lo que pido es todo para mí y tan poca cosa para vos! Tirad de mí, por piedad, y mi agradecimiento se igualará a mis crímenes...
—¡Desgraciado!—le interrumpí diciendo—. ¿Cómo me traes tal recuerdo a la memoria?
—Para aborrecerlo, amo mío. ¡Ah, sed más generoso que yo! ¡El cielo me ampare, que fallezco! ¡Que caigo! ¡Ay, desdichado! ¡La mano! ¡La mano! ¡Alargadme la mano, por la madre que os crió a sus pechos!
No alcanzaré a pintar cuán lamentables eran aquellos gritos de dolor y de angustia. Todo lo olvidé: no era ya a mis ojos un enemigo, un traidor, un asesino, sino un infeliz a quien un ligero esfuerzo de mi parte podía arrancar de una muerte espantosa. ¡Me suplicaba tan lastimeramente! Cualquier palabra, cualquier reprensión, hubiera sido inútil y ridícula; tan urgente se mostraba la necesidad del socorro. Me incliné, pues, y arrodillándome al borde del precipicio, con una de mis manos apoyada en el mismo tronco cuyas raíces sostenían al desgraciado Habibrah, le alargué la otra... En cuanto estuvo a su alcance se asió a ella; la agarró con entrambas las suyas y con fuerza prodigiosa, y, lejos de prestarse al movimiento de ascenso que traté de ofrecerle, sentí que procuraba arrastrarme consigo al abismo. Si el tronco del árbol no me hubiese prestado tan sólido punto de apoyo, sin duda alguna me hubiese arrancado de la orilla la violenta cuanto inesperada sacudida de aquel malvado.
—¿Qué intentas hacer, vil?—exclamé.