—¡Vengarme!—repitió con estrepitosas e infernales carcajadas—. ¡Ah, te cogí al cabo! ¡Necio! ¡Tú mismo te entregaste! ¡Te cogí! Estabas en salvo y yo perdido, y por tu capricho te metes de nuevo en la boca del caimán porque lloró después de haber bramado! ¡Heme ya consolado, puesto que mi muerte es una venganza! Te cogí en el lazo, amigo, y tendré un compañero humano entre los peces de la sima.
—¡Ah, traidor!—le dije, esforzándome para resistir a su impulso—. ¿Así me pagas haberte querido sacar del peligro!
—Sí—me respondió—. Sé que con tu ayuda hubiera podido salvarme; pero mejor quiero que perezcas conmigo. ¡Antes que mi vida, deseo tu muerte! Ven.
Y, al mismo tiempo, ambas sus parduzcas y nervudas manos se crispaban y adherían a las mías con esfuerzos inauditos; le chispeaban los ojos y arrojaba espuma por la boca; las fuerzas, de cuya pérdida se lamentaba, le volvieron exaltadas por el ímpetu de la cólera y la venganza; apoyaba las rodillas como dos palancas contra los muros perpendiculares de las rocas, y brincaba cual un tigre sobre la raíz, que, enredada en su ropaje, le sostenía a pesar suyo, porque hubiera deseado romperla y con el lleno de su peso arrastrarme más pronto. Parecía cual el maligno espíritu de aquella caverna luchando por atraer una víctima al profundo abismo de su tenebrosa morada.
Por fortuna, se me encajó la rodilla en un hueco de la peña; mi brazo estaba cual clavado al árbol que me servía de apoyo, y luchaba contra los esfuerzos del enano con toda aquella energía que puede inspirar el instinto de la propia conservación en momentos tales. De vez en cuando tomaba penosamente aliento y gritaba con toda la fuerza de mis fatigados pulmones:
—¡Bug-Jargal!
Pero el bramido de la cascada y su lejanía me daban muy cortas esperanzas de que mi voz pudiese alcanzarle.
Mientras tanto, el enano, que no creía hallarse con tal resistencia, redoblaba sus frenéticas sacudidas, y ya empezaba yo a decaer de mi vigor, aun cuando esta lucha duró mucho menos tiempo del que tardo en contarla. Una insoportable tirantez me adormecía el brazo; se me anublaba la vista; lívidas y dudosas vislumbres cruzaban por delante de mis ojos; zumbábanme los oídos; oía crujir la raíz, próxima a romperse; oía reír el monstruo, próximo a precipitarse, y parecíame cual si los remolinos de la sima se fueran acercando, ansiosos de tragarme entre sus ondas.
Antes, empero, de abandonarme al cansancio y a la desesperación, tenté el último esfuerzo, y recogiendo el resto de mis agotadas fuerzas, clamé por otra vez aún:
—¡Bug-Jargal!