Un ladrido me dió respuesta... Conocí a Rask... Alcé los ojos, y Bug-Jargal y su perro estaban en el borde de la grieta. Ignoro si oyó mis clamores o si algún temor secreto le hizo volver; pero viendo mi peligro, me gritó:

—¡Sostente!

Habibrah, que temía mi salvación, me dijo a su vez, lleno de rabia:

—¡Ven, vente conmigo!

Y reunió todo el resto de su vigor sobrenatural, a fin de apresurar el desenlace. En este instante mismo, el brazo fatigado se me desprendió del tronco, y no quedaba ya recurso contra mi suerte, cuando me sentí asir por la espalda. Era Rask, que a una seña de su amo había saltado de la hendedura a la caverna y me tenía agarrado con violencia por el cuello del vestido. Este inesperado socorro me salvó. Habibrah había agotado todo su vigor en aquel esfuerzo postrero, y yo recobré el suficiente para desasirme de sus manos. Sus dedos, tiesos y adormecidos, tuvieron al fin que soltar la presa; la raíz, por tan largo tiempo sacudida, cedió al cabo a su peso, y mientras Rask me arrastraba hacia atrás con ímpetu, el vil enano se precipitó entre los copos de espuma de la lóbrega cascada, lanzándome una maldición que no alcancé a oír, y que fué a perderse, cual su cuerpo, en los recónditos senos del abismo. Tal fué la suerte del bufón de mi tío.

LV

Tan espantosa escena, tan desesperada lucha, tan terrible desenlace, me habían postrado, y quedé casi sin fuerza y sin conocimiento. La voz de Bug-Jargal me reanimó.

—Hermano—me dijo—, date prisa a salir de ahí, que dentro de media hora se habrá hundido el sol en el horizonte. Abajo voy a esperarte, y tú deja que Rask te sirva de guía.

Estas amistosas palabras me infundieron a la vez esperanzas, vigor y ánimo. Incorporéme, y siguiendo los ladridos del perro por entre la obscuridad de la bóveda subterránea, empecé luego a ver despuntar la luz del cielo, y llegados en fin a la boca de la cueva, respiré con desembarazo el aire libre. Al salir de aquel paso tenebroso, recordé la profecía del enano en el momento de entrar: Dos somos, y uno solo volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda. ¡Sus esperanzas habían quedado burladas; su vaticinio solo había salido verdadero!

LVI