—Sí, asimismo me mirabas...—pronunció con voz apagada.

Y un minuto después, levantándose con ímpetu, se salió de la tienda; el sargento y el perro le fueron en seguimiento.

LVII

—Apostaría—dijo Enrique—a que nos acercamos al desenlace. De veras que sentiría cualquier desgracia de Bug-Jargal, que era un hombre de prueba.

Pascual se quitó de la boca el frasco forrado en mimbres, y dijo:

—Doce cajas de botellas de Oporto daría yo por ver el cascarón de coco que se bebió de un trago.

Alfredo, que estaba distraído pensando en algún acompañamiento de guitarra, volvió en sí, y pidiéndole a Enrique que le arreglara los cordones, añadió:

—Ese negro me interesa mucho. Solo que tengo curiosidad de preguntarle a D’Auverney, y no me he atrevido, si sabía la canción de La hermosa de Padilla.

—Más raro es aquel Biassou—prosiguió Pascual—. Su vino, sabiendo a pez, no debía de ser muy bueno; pero siquiera ese hombre sabía lo que era un francés. Si me hubiera cogido prisionero, me habría dejado crecer el bigote para que me adelantara en prenda unos cuantos pesos, como dicen que hizo aquel capitán portugués en Goa. ¡Voto a Dios, que mis acreedores son más duros de corazón que Biassou!

—Ahora que me acuerdo, capitán, allá van cuatro luises que le debo—dijo Enrique, alargando su bolsa a Pascual.