El capitán miró atónito a este deudor generoso, que más derecho hubiese tenido a llamarse acreedor. Enrique se apresuró a decir:

—Y vamos, señores, ¿qué les parece a ustedes de la historia que nos cuenta el capitán?

—A fe mía—contestó Alfredo—, que no he puesto mucha atención; pero me aguardaba cosa mejor del melancólico D’Auverney. Además, hay una canción en prosa, y eso no me gusta. ¿A qué música puede arreglarse? En conclusión, la historia de Bug-Jargal me fastidia: es demasiado larga.

—Y mucha razón que lleva—repuso el ayudante Pascual—; es demasiado larga. A no ser por la pipa y el frasco, habría pasado muy mala noche. Y luego, reparen ustedes, caballeros, en que tiene muchísimos disparates. Por ejemplo: ¿quién ha de creerse que ese enanillo brujo, Ahí verás, o como se llame, quiso ahogarse por ahogar a su enemigo?

—Y, sobre todo, en agua, ¿no es cierto, capitán Pascual?—respondió Enrique de broma—. A mí lo que me dió más golpe fué reparar en cómo el perro cojo alzaba la cabeza a cada vez que se repetía el nombre de Bug-Jargal.

—En eso—dijo Pascual—, hacía todo al revés de las viejas de Celadas cuando el padre predicador mentaba a Jesucristo. Yo entré en la iglesia con una docena de coraceros...

El ruido del centinela al presentar las armas avisó el regreso de D’Auverney. Todos callaron, y él continuó por algún rato paseando la estancia con los brazos cruzados y en silencio. Tadeo, acurrucado como antes en un rincón, le miraba a hurtadillas, y mientras tanto, hacía como si acariciase a Rask, a fin de que el capitán no reparase en su sobresalto.

D’Auverney prosiguió al cabo en su relación.

LVIII

Rask iba siguiéndonos. Ni aun la más elevada cumbre del valle lucía ya bañada por los rayos del sol, cuando una fugaz vislumbre de luz apareció en su cima y pasó luego cual súbito relámpago. El negro se estremeció y me apretó con violencia la mano.