Allí seguía inmóvil Bug-Jargal, en pie, con los brazos cruzados y contemplando el lúgubre pendón. De súbito se volvió con ímpetu y dió algunos pasos como para bajar la ladera.

—¡Oh, Dios! ¡Eterno Dios! ¡Mis infelices compañeros!...

Se acercó de nuevo a mí y me preguntó:

—¿Oíste el cañonazo?

Yo no repliqué.

—Pues bien, hermano, era la señal convenida. Ya los sacan...

E hincó la cabeza sobre el pecho; luego se me aproximó aún más, diciendo:

—Hermano, anda a buscar a tu mujer, que Rask te enseñará el camino.

Y se puso a silbar una canción africana; el perro entonces empezó a menear la cola y aparentó querer encaminarse hacia un extremo del valle.

Bug-Jargal me agarró la mano e hizo un esfuerzo por sonreírse; mas era aquella una sonrisa convulsiva.